Leyendas de Empérica


--> Esta historia se sitúa en el país septentrional de Empérica, parte de un mundo que vive en la edad donde se lucha con espadas, sables, flechas y mucho valor. Este país se conoce por su desorganización en el ámbito político, ya que carece de lo que antes era un Emperador; un absoluto Señor de Ciudades.

Cuenta la historia que Empérica era una tierra muy productiva, organizada y tranquila en épocas donde había un Señor de Ciudades. Pero el mismo era un héroe de guerra que era elegido por el pueblo entre los caballeros más valerosos y respetados del reino. Se caracterizaba por ser eximio practicante de las artes de guerra, ya fueran físicas o mágicas, y además por ser razonable, justo tomando decisiones e incorruptible.
Un Señor de Ciudades nunca tomaba una ciudad como residencia, mas todas lo eran. Viajaba tanto como el tiempo se lo permitía controlando los sucesos en todas las grandes ciudades. Además poseía de un círculo de confianza, llamado el Consejo de los Señores, compuesto por amigos o personas confiables al Emperador. Ellos recorrían los pueblos o ciudades pequeñas e informaban de todo lo sucedido al Señor.
Eran épocas en que se contaba con un efectivo sistema de comunicaciones y corredores que lo mantenían siempre informado. Algunos decían que hasta contaba con una fuerzas de espionaje que le permitía derrocar complots y revoluciones antes de que éstas se dieran cuenta de lo sucedido.
El Señor se encargaba de mantener un ejército constante que repelía las invasiones del Norte, o de controlar los asaltos orcos o de bandidos a ciudades o caravanas. Este ejército era de extremada fuerza y organización y sus generales eximios estrategas y guerreros. Era el ejército del Emperador.
Un verdadero Señor de Ciudades no se caracterizaba por ser rico materialmente, porque su riqueza se encontraba en la tierra misma de Empérica; todo podía ser de él, pero este era el verdadero reto; mantenerse incorruptible ante tanto poder y belleza. Todo era de él pero a la vez, nada lo era. Todas las ciudades eran su casa, pero ninguna lo acogía como una. Su vida era su tierra, su alma era un reinado exitoso.
Era una vida dura, llena de preocupaciones, responsabilidades y regocijos. Siempre mas de los dos primeros que del tercero. Una vida solitaria y siempre a la defensiva, solo confiando en uno mismo y en un pequeño grupo de amigos.

Pero resulta ser que cuando esta tierra de esperanza y sabiduría se encontraba en una época de belleza y fuerza, cuando reinaba el que fue el último de los Señores; Diarmuid, con sangre del Dios Mordekai, llegó la semilla de la envidia y de la mentira y abatió el país.
Resulta ser que Valadon, el hermano de Diarmuid, lleno de envidia y celos hacia su hermano, ideó un complot para subir al Señorío y quedarse con todo el poder. Conociendo el otrora poder de una Secta de magos escarlata que dedicaban su vida al desorden y la anarquía como modelo político, ayudó a esta antigua orden, y le brindó un ejército de muertos, zombies y muchas criaturas invocadas desde otro plano.
Diarmuid con tristeza se enteraba de los actos de su hermano, pero sin embargo actuó con rapidez para hacer entrar en razón a su sangre. Marchó con un puñado de mil hombres a la guarida de Valadon y allí lo llamó y le suplicó que saliera a charlar con él y a encontrar una solución pacifica.
Pero el plan de Valadon lo había sobrepasado y lo había ido corroyendo por dentro. Ya nada quedaba de ese guerrero ávido de justicia y de templanza, solo la habilidad con su espada. Los magos escarlata veían con regocijo la transformación de su títere, el cual los llevaría al poder del caos y la nada.
Salió Valadon al encuentro de su hermano y Diarmuid no lo pudo reconocer, y admitió que había perdido a su única familia. Con lágrimas en los ojos el Señor dió la orden de ataque y sonaron las trompetas y los cuernos que indicaban que la ola de sangre y matanza se estaba por desprender. Pero ante un solitario Valadon sobre la colina de su guardia surgieron por detrás miles y miles de muertos-vivos, zombies, momias, gárgolas y muchas otras criaturas antiguamente habitantes del Plano Negativo, vástagos de Hydra, que superaban en número a los valientes soldados del ejército de la Tierra de Empérica.
Los valientes hombres lucharon como nunca lo había echo un ejército y por cada uno de ellos que caía diez bestias lo acompañaban en su muerte. Pero a pesar de la entereza de estos soldados de corazón valiente, todos los esfuerzos no fueron suficientes, el número de bestias era tan superior que al final el sobrehumano esfuerzo de los guerreros se agotó y sus brazos temblaron y sus mentes vacilaron.
Diarmuid y Valadon peleaban solos en lo más alto de la colina. Espada contra espada, brazo contra brazo, hermano contra hermano, se entremezclaban en un nudo de golpes, estocadas y miradas de odio y tristeza. Pero Valadon había peleado en guerras y revoluciones ayudando a los países del Norte, enviado por su propio hermano, y había ganado mucha experiencia y nuevas técnicas de lucha. Y por fin Diarmuid cayó herido mortalmente mirando al cielo y la cara de su hermano que cambió de repente.
Ya no se veía aquel odio y furia, sino más bien una cara de desconcierto y desorientación total. Valadon se arrodilló al lado de su hermano y lloró las gotas más pesadas de dolor que jamás se hayan derramado. Y mientras las bestias que habían triunfado se dispersaban para empezar un nuevo reinado de sombras e inseguridad en la tierra de Empérica, dos hermanos se abrazaban en un candado de tristeza, llanto y muerte.
Nunca más se supo sobre Valadon, algunos dicen verlo vagando como un guerrero solitario, encapuchado de negro con una espada sucia y herrumbrada en su espalda. Cuenta la leyenda que los dioses lo castigaron con la vida eterna, para que cargue con la culpa asesina por todos los tiempos.
Los acólitos escarlata desparramaron sus huestes de muerte por toda la tierra, su sed de poder arrasando con cada villa y cada pueblo, dejando detrás cenizas y sangre. Fue esa misma sed la que los debilitó, los separó y los enfrentó. Poco a poco se fueron consumiendo uno a uno, mientras los soldados de Diarmuid que habían sobrevivido se reorganizaban en las montañas.
Y así llegó un día el momento propicio, en el cual los soldados de Empérica retomaron las llanuras, los lagos y los bosques en el nombre de la libertad, destruyendo a los pocos magos escarlata que quedaban. Que aunque se habían fortalecido, se habían separado cada uno en una ciudad y nunca buscaron aunar fuerzas. Esa fue la clave de la victoria.
Desde entonces cada ciudad tiene un Señor, y cada tantos años se reúnen en Emperio, la capital de las ciudades del Sur, para discutir situaciones, enfrentamientos o diferencias, tratando de mantener una frágil paz en este mundo lleno de razas, religiones y creencias.